Hace unos días, investigando sobre las causas de esa imperiosa búsqueda de la aprobación ajena, leí un texto que me llevó a la conclusión de que el mejor regalo para nuestra infancia (y la de nuestros hijos/as, si somos padres y madres) es tan simple y complejo a la vez: QUE NOS QUIERAN TAL CUAL SOMOS.
Sé que puede sonar “cliché”, pero si no lo sentimos así, nunca vamos a entender la verdadera naturaleza del amor. Y como consecuencia, vamos a comenzar a “defendernos” para que no vuelvan a herirnos, para no decepcionar.
Esa defensa, en definitiva, nos lleva a bloquear nuestras emociones y, sobre todo, nuestra sabiduría innata. Hasta podemos llegar a creernos que “tenemos un problema”.
Empezamos a sentir una fuerte ambivalencia entre desear imperiosamente que nos amen, pero a la vez aparece el miedo (o pánico) de que no suceda.
Lo más peligroso es que esta forma casi compulsiva de que nos quieran y nos acepten puede llevarnos al resultado opuesto de lo que estamos buscando, sintiéndonos insatisfechos y vacíos.
Gracias a Mindfulness, y el profundo trabajo de autocompasión, podemos comenzar el viaje hacia un espacio de libertad, volver a conectarnos con nuestro ser amoroso, honrar nuestra persona, más allá de si recibimos o no amor de los demás.
¿Nos hacemos el mejor regalo? ¿Se lo regalamos a nuestra pareja, a nuestros hijos/as, y amigos?